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martes, 8 de agosto de 2017

La Iglesia Atómica: la resurrección del primer stoner


Cuando hablamos del stoner como género inmediatamente nos viene a la mente la escena de Palm Desert, Califonia con su rock arenoso en manos de míticas bandas como Kyuss, Queens of the Stone Age o Fu Manchu. Sin embargo, existe otra tendencia sonora más cercana al metal y al doom que llevó a este género hacia otros caminos más densos básicamente instrumentales gracias a la banda de culto Sleep. Es más, si ampliamos aún más nuestros horizontes, encontramos en bandas de la costa oeste norteamericana como Monster Magnet o Clutch una vertiente más dentro de aquel rock rasposo que buscaba rescatar la esencia lisérgica que distinguió a las décadas precedentes.

Si nosotros volteamos hacia nuestra América Latina encontramos como referente dentro de la escena stoner a los argentinos de Los Natas y la emblemática figura de su guitarrista Sergio Ch. Aun así, la historia de este género tan criticado, a veces negado y ahora demasiado recurrido no ha sido contada de manera completa porque varios nombres se nos han quedado olvidados en su largo sinuoso camino. El día de hoy regresa la vista a la última década del siglo XX para recordar a una de las semillas del stoner, una banda seminal que desde el Caribe sentó las primeras bases de aquel sonido que tenía la intención de recuperar el rock pesado de finales de los años sesentas y principios de los setentas para pasarlo por un crudo filtro donde se mezclaría con la magia del cosmos y la fuerza del metal: La Iglesia Atómica.


En agosto de 1990 se integró un power trío desde las cenizas de la incipiente escena punk rock de San Juan, Puerto Rico con la intención de crear nuevas cosas desde el recuerdo del viejo blues ácido y la fuerte psicodelia que sacudió al mundo tras el desencanto del flower power. Esta ecléctica mezcla derivó en la composición de temas densos donde el fuzz y el wah se fusionaban hasta lograr un sueño lisérgico donde se perdían los límites de la realidad y el manto estelar. Algunos años después se le llamaría a este estilo musical como stoner gracias a su relación con el consumo de alucinógenos, pero el nombre de La Increíble Iglesia Atómica quedaría desligado de ello.

Luego del esfuerzo hecho por el bajista Agustín Criollo, el guitarrista Raúl Ortíz y el baterista Otto López, la banda comenzaría a establecer un estilo propio más allá de lo escuchado hasta el momento en otra parte del mundo, pero todo quedaría escondido dentro de su pequeña isla caribeña, los cambios constantes de integrantes y la imposibilidad de grabar de manera profesional un disco. Tras una accidentada carrera, a principios de 1998 es grupo se desintegró para sólo quedar en el recuerdo de quienes tuvieron la suerte de verlos en vivo en sus delirantes presentaciones y en algunas cuantas grabaciones de mala calidad y demos.
Sin embargo, y como sorpresa para todos, Agustín Criollo resucitó a la banda a principios de 2016 bajo el recortado nombre de La Iglesia Atómica con dos nuevos compañeros de batalla: el guitarrista Martin Latimer y el baterista Edwin Solivan. Desde dicho momento, el grupo se concentró en las jam session con el objetivo de recuperar el tiempo perdido y rescatar parte del aquel sonido que los distinguió en el pasado. De la mano de Gaby Vidal, el grupo se metió al Estudio Ongolandia para registrar parte del trabajo conseguido hasta ese instante, aunque para esos momentos, de nuevo la banda se quedaba sin baterista. Parte del material grabado fue enviado hasta Perú para su mezcla y masterización, la cual fue realizada por Diego Cartulin, guitarrista de Ancestro, quien terminaría haciendo las baterías.

El primero de agosto de 2017 ha visto la luz el primer disco oficial de La Iglesia Atómica, material conformado por ochos temas tras el lanzamiento vía Bandcamp de algunas tomas sueltas e improvisaciones en directo. El debut del trío publicado por disquera argentina South American Sludge Records (creada por el ya mencionado Sergio Ch.) arranca con una tétrica introducción llamada "Cadaver exquisito", la cual sirve de preludio al poder del fuzz que distingue a "La resurrección", hipnótico pasaje instrumental que bien podría ser una declaración de intenciones. Sin embargo, La Iglesia Atómica se transforma en un mantra cósmico por el insistente wah de "Superhombres" y su riff aletargado y denso. En seguida cae desde la profundidad del obscuro universo un acelerado meteorito llamado "Stoner ball" con la intención de hacer vibrar el suelo, pero una vez ahí, se levanta ante nosotros una pared estereofónica de sonido imponente llamada "La mala semilla".


Si hasta aquí este disco ha logrado incrustarse en las neuronas, el resto del material provocará una implosión en ellas. "Algo habitual" logra llevarnos al clímax por medio de su áspero riff que nos recuerda al "No quarter" de Led Zeppelin a pesar de gritar a cada estrofa alright now como sólo Ozzy Osbourne podría hacerlo. La canción se transforma en un lisérgico viaje que exorciza todo aquel fantasma del pasado, una liberación y una muestra de poder. Una vez abandonados en la estratósfera, La Iglesia Atómica nos regala un hard blues directo, tema que sirve de confesión al amor por el legendario rock pesado del siglo anterior al puro estilo de Blue Cheer, Cream y The Jimi Hendrix Experience.

Por lo general, cuando tenemos frente a nosotros un disco completo y llegamos a su conclusión, nos encontramos ya familiarizados con el estilo de la banda hasta el grado del hartazgo. Sin embargo, La Iglesia Atómica nos lleva por tan diversos senderos que cada uno de sus temas es una sorpresa. Para cerrar el material, la banda nos hace una advertencia: No estoy muerto, difícil es salir de mí. La magia psicodélica de Hendrix transpira por los poros de "Soy quien soy", tema que demuestra lo que debe ser un power trío y que en su lírica confiesa la convicción de Agustín Criollo por mantener en pie a su Iglesia Atómica. Su melodía es directa gracias a su envenenado riff que sirve de base para la explosión de la guitarra, la batería encuentra un rincón para regalarnos un remate cósmico y el bajo nos envuelve con sus profundas notas. En cinco minutos bien podemos escuchar la ansiedad de una banda por arrancarnos la atención y llevarnos a su galaxia.

El stoner al fin ha encontrado en América Latina un lugar donde pueda alimentarse hasta desarrollar diversos universos. Desde el sonido clásico arenoso de los mexicanos Electric Mountain hasta la fuerza astral de los chilenos Demonauta y desde el áspero hard blues de los argentinos Manthrass hasta la violencia sonora que roza el hard core y el sludge de los Satánicos Marihuanos de Perú, este género ha expandido su manto sobre nuestra tierra. Sin embargo, es necesario recordar a esa banda que en su natal Puerto Rico sembró la mala semilla a finales del siglo pasado y hasta hoy está recogiendo sus primeros frutos.

Así como el impávido astronauta observa la inmensidad del mar rivalizar con el universo, hoy tenemos frente a nosotros un disco hermoso que nos muestra el trabajo de tantos años, un material que requiere ser desmenuzado hasta sus últimas consecuencias. Por si esto fuera poco, la banda ha incluido de nuevo entre sus líneas al baterista Herb Pérez (uno de los primeros integrantes que formará parte del grupo), lo que ofrece de nuevo la oportunidad para que La Iglesia Atómica termine de recuperar aquel sonido que tuvo en la última década del siglo XX  y con él construya nuevo viajes auditivos bajo la estética de la nueva era y la improvisación de tres músicos experimentados que desean tomar esta revancha que les ha dado la vida...


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