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lunes, 20 de junio de 2016

The Black Explosion : devorando soles a guitarrazos


Tras una mágica y energética aventura con la banda de retro-rock Dollhouse, el guitarrista y vocalista Chris Winter dejó a un lado dicho proyecto para tomar una cápsula espacial, cruzar galaxias y crear una nueva banda que pudiera mezclar su amor por el hard rock garage de gente como MC5 y The Stooges con el rock space de Hawkwind, el cósmico hard blues de Hendrix y la energía del rock crudo y directo de Grand Funk Railroad. Bajo el nombre de Black Explosion, desde Suecia nos llega un cocktail lleno de fuzz dispuesto a saturar nuestras bocinas.

La experiencia del frontman Chris Winter con Dollhouse nos lleva a citar a gente como Mike Davis de MC5 y a Nicke Andersson de The Hellacopters y Imperial State Electric, quienes trabajaron como productores de dicha banda. Con los conocimientos adquiridos, Winter ha construido desde junio de 2011 el sonido de Black Explosion con un arduo trabajo de estudio basado en la potencia de sus compañeros de fórmula. Conformados anteriormente como cuarteto, el ahora power trio literalmente explota los tímpanos a base de guitarrazos, distorsiones galácticas y ácidos acordes que nos transportan a universos desconocidos.


En unos cuantos días se publicará el más reciente disco de los suecos bajo el nombre de Atomic Zod War, una placa compuesta de siete electrizantes melodías que lograrán hacernos perder la gravedad para abandonarnos en el inmenso espacio. Para esta travesía intergaláctica, Chris Winter se hace acompañar de Andreas Lindqvist en la batería y de Simon Haraldsson en el bajo eléctrico. Juntos crean un poderoso rock lleno de fuzz que es imposible no compararlos con lo que hacen los americanos Radio Moscow y su hijo-clon Joy o los italianos Black Rainbows y su alter-ego Killer Boogie.

Para que puedan crear una idea de lo que está escrito hasta aquí, compartimos "Ain´t coming home", rola que bien podría ser la antipartícula del himno de Ten Years After que incendiaria la tercera noche del Festival de Woodstock. Un riff de escalas descendentes abre el portal que nos arrastra a otra dimensión.  Una vez absorbidos por el hoyo de gusano, caemos en un lisérgico tobogán sobre notas atascadas de fuzz y wah. Las neuronas se deshacen hasta dejar un ácido multicolor que empapa este denso sueño psicotrópico. Una lluvia de meteoros nos golpean sin clemencia mientras el viaje se hace más fuerte al paso de los segundos. Un solo de guitarra que nos toma de la mano y jamás nos suelta en el paseo estelar.


La tormenta eléctrica de "Ain´t coming home" ahoga las células del cuerpo hasta cambiar la sangre del torrente por cuantos de luz que viajan a su máxima velocidad. Una vez transportados al otro lado del universo, sólo podemos ser testigos de los despojos que quedan de cada uno de nosotros tras la sacudida. Inyección de LSD directa al cerebro que nos lleva al cosmos y que niega el regreso a casa, retorno que cualquiera podría rechazar luego de besar las estrellas.

Luego de este golpe a la conciencia, ¿qué más podemos esperar del Atomic Zod War? El disco oscila entre el psych más ruidoso hasta el hard blues más fundamental, una mezcla de garage y antro psicodélico que toma de pretexto el espacio sideral y tiene en la Fender Stratocaster en vehículo ideal. La placa es una explosión cósmica que deja paralizado a cualquiera, una invasión a nuestro interior que muestra el exterior, una salvaje oleada de ondas electromagnéticas que viajan a la velocidad de la luz y se incrustan en el inconsciente. Ruda psicodelia de sentimiento blusero y escandalosos efectos espaciales, power trio con la consigna de romper cualquier barrera física, en pocas palabras, rock en toda la extensión de la palabra.


The Black Explosion deja a un lado la posibilidad de un trabajo "super-producido" en el estudio para apostar por la energía pura de la banda "en vivo". Sus composiciones brindan el espacio necesario para el jamming y el lucimiento de sus integrantes, un horizonte de sucesos que logran seducirnos para ser devorados por el agujero negro que provocan. Los amplificadores han quedado tronados, los bulbos derretidos y nuestros oídos desquiciados, pero bien sabemos que ha valido la pena...


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