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martes, 3 de noviembre de 2015

Castle y la caída del hombre


Bajo la escuela más clásica del heavy metal y la fuerza lírica de sus melodías, Castle se coloca como una de las bandas referente de aquel movimiento musical que poco a poco toma mayor espacio en el panorama actual. Este trío basado en San Francisco a logrado encontrar su lugar en el nicho del doom, pero más allá de los géneros y tendencias, Castle hace música con la suficiente fuerza y obscuridad que puede satisfacer los oídos ávidos de escuchar historias bien estructuradas sobre la muerte y la maldad por medio de grandes riffs y una tétrica voz femenina.

La banda está conformada por los canadienses Mat Davis (guitarra) y Al McCartney (batería), quienes dejaron su natal Toronto para trasladarse en 2009 a Estados Unidos, donde encontraron en Liz Blackwell la mezcla perfecta entre la gravedad de su bajo Kramer y la profundidad en su voz que encaja excelente para narrar relatos mórbidos donde la obscuridad y lo maligno toman el control. La densidad de la guitarra eléctrica construye las líneas melódicas de la perdición, una marcha fúnebre que paso a paso se acerca al fondo del abismo.


Fue hasta mayo de 2011 que lograron publicar su primer álbum bajo el título de In witch order por medio de Ván Records y con la producción del propio Mat Davis. Esta placa es una colección de temas pesados  que por su sonido nos traen a la memoria a bandas como Candlemass, The Oath o Witchfinder General aderezado con algunos riffs con estilos tan distantes como Trouble, Mercyful Fate o Cathedral. La obscuridad la encontramos bajo la voz de Liz Blackwell, que tal y como una bruja, lanza sus conjuros bajo los cuales quedamos hechizados sin remedio.

Aletargadas melodías se combinan con salvajes guitarras entrecortadas que cabalgan sobre mórbidas líricas. La fuerza malignas se van apoderando de cada uno de las rolas hasta que la obscuridad se convierte en un fin, tal y como si fuera un destino. La batería golpea como si desde la ultratumba nos estuvieran llamando. El bajo se pierde en su densidad como si en lugar de dar base a las melodías se convirtiera en una atmósfera de la cual es difícil de escapar.


Como primer sencillo del disco se escogió la abridora, que bajo el título de "Descent of man" sentimos el peso sobre nuestros hombros. Unas desbocadas guitarras entran sin piedad ni control para sólo darle la palabra a una hechizada Liz Blackwell, que bajo su voz llena de ecos y misterios nos relata sobre un espectro que ronda al hombre en todo momento como si se tratara de una bestia salvaje. Sus pasos acompañan todo el tiempo, que como pálida sombra, acecha a cada instante. La puerta ha sido abierta, aunque sus ojos mortales no la puede ver, y lo único que queda es seguir caminando para atravesarla sin remedio. Aquí está la muerte y no hay retorno, ha llegado el momento de abandonarlo todo.

La guitarra de Matt Davis serpentea con unos misteriosos arpegios que contrasta con la fuerza de los demás instrumentos. Los juegos de ritmo se convierten en un reto para la batería de Al McCartney hasta que de la nada surge un solo de guitarra que rompe con la melodía hasta terminarla sin piedad. La ansiedad recorre por todo el cuerpo mientras es sacudido por un temor irremediable. El ritmo nos va hipnotizando hasta que llegamos a un callejón sin salida... éste es el fin de nuestras vidas. Irónicamente, una vez en este abismo de dolor y muerte, sabemos que apenas comienza el camino que recorreremos donde Castle será nuestro guía.


Bajo la dirección de Jaan Silmberg, Castle publicó el video promocional de "Descent of man", en el cual podemos observar un misterioso hombre renacentista mezclado con imágenes de los integrantes de la banda bajo una estética psicodélica de colores intensos. Libros de extraños íconos se hojean ante nuestros ojos, que como viejos arcanos, tratamos de descifrar para descubrir su obscuro significado. Todo comienza ha ser más claro hasta que las profecías se revelan. El horror, la enfermedad, la guerra y la muerte se han anunciado y sólo queda registrarlo para compartir el funesto mensaje.



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